Carlos López Torres
Atrapados por la crisis económica, cuyos recortes presupuestarios siguen posponiendo la realización de obras reales para el bienestar social, los gobernantes, rehenes por voluntad propia del institucionalizado ejercicio del cuidado de espaldas al que los antecedió, han optado por conjugar al unísono el verbo paliar.
Así, el yo palio, tú palias… se ha convertido en la rutina administrativa de quienes convencidos que el presupuesto es de ellos y de nadie más, mientras dure su mandato, han hecho de la discrecionalidad un hábito político que tiene como objetivo moderar los reclamos populares y remediar, en lugar de construir con la participación ciudadana un mejor futuro.
La inmediatez política ha sustituido las acciones de gobierno encaminadas a generar una gobernanza compartida con la ciudadanía, por una serie de mecanismos recurrentes como la repartición de dádivas encaminadas a fortalecer el clientelismo, o la adjudicación de cuotas a liderazgos diversos para asegurar temporalmente los reclamos populares de obras y servicios que dignifiquen la precariedad que rodea a los pobres, ahí donde habitan cotidianamente.
Por supuesto, unos y otros, de los diferentes colores, aunque ubicados prácticamente en la misma posición ideológico-política, no dejan de acusarse del uso de los recursos públicos para fines político-electorales. El término populista ocupa un lugar importante entre los políticos y los plumíferos, quienes no dejan de alertar sobre el hecho de que alguno de los opositores vaya sólo y adelantado de cara al futuro reeleccionista, en la búsqueda de otro cargo.
Los diversos ejercicios populistas recorren todo el entramado burocrático de las debilitadas instituciones. Así las cosas, mientras los legisladores destinan un alto porcentaje del presupuesto del Congreso del Estado para la gestoría y la dádiva de los diputados de los diferentes partidos, el gobierno estatal emite cheques a diestra y siniestra para los liderazgos sociales, o paga terrenos y materiales diversos en lugar de desarrollar políticas públicas que mejoren la calidad de vida de los ciudadanos.
Otros gobernantes compiten con las empresas que venden agua purificada, en lugar de resolver el grave problema del abasto de agua potable para el consumo doméstico de una calidad aceptable; o invierten buena parte del presupuesto para repartir tortillas o en programas sociales para paliar las verdaderas necesidades de la gente, en lugar de entrarle en serio a la realización de obras para atender la necesidad de tener buenos servicios relacionados con la salud, la seguridad y el bienestar de la comunidad.
Por supuesto, quienes se ostentan temporalmente como dueños del poder y el presupuesto, están lejos de aceptar la más mínima crítica sobre este tipo de ejercicio gubernamental, reclaman no sólo la aceptación de cuanta iniciativa pongan en práctica, sino el aplauso de quienes en lo inmediato se sienten atendidos, aunque todos sabemos que no hay amor sin interés, sobre todo del que es pasajero.
Sin embargo, la crisis y la envejecida cultura política, lo único que aseguran es que tenemos políticas paliativas para rato. A menos que… un sacudimiento popular obligue a cambiar el esquema administrativo del populismo a la mexicana.




