- Riqui Riquín versión chavorruco
- Bronco, vengativo y reaccionario
Carlos Fernández-Vega
El cada día más inflamado y fatigado hígado de Ricardo Salinas Pliego se declara incapaz de depurar el enorme volumen de toxinas que cotidianamente en él deposita el de los abonos chiquitos. No puede más, se declara en huelga, porque la cantidad de veneno que inunda el cuerpo del empresario supera sus capacidades de procesamiento, pero el abonero insiste y lo está destrozando. Lo mismo con sus cada vez menos neuronas, “devoradas” por su enorme ego y “ambición enfermiza por lo material”, que han recibido un batacazo fiscal, legal y legítimo.
En su más reciente libro, Pueblo, Andrés Manuel López Obrador da puntual cuenta de la permanente agresión de Salinas Pliego contra él, “mi familia, amigos y compañeros de ideales, últimamente incluida la presidenta Sheinbaum”, y subraya que esa actitud “tiene como causa principal la fascinación desmedida por la obtención de dinero, sin escrúpulos morales de ninguna índole. Es cierto que podría decirse que eso es un distintivo de la mayoría de los oligarcas del mundo, pero Ricardo –a diferencia de otros– no lo disimula, lo presume, y más durante los últimos tiempos, cuando al parecer se trastornó por entero y parece no estar exacto”.
Día a día crece la rabia del abonero contra López Obrador, quien reseña: “Desde que lo conocí era bronco, vengativo y reaccionario, pero me llamaba la atención que se trataba posiblemente del multimillonario que más leía en el país y, desde luego, más inteligente que ahora, cuando empezó a involucionar, como lo muestran sus abruptos y recientes desplantes”.
El autor de Pueblo hace un recuento de su relación con Salinas Pliego (siempre en contra del movimiento popular) y recuerda que “en vísperas de las elecciones de 2018 también hablé con él y se mantuvo neutral; es más, luego de que ganamos la Presidencia lo invité a formar un consejo de empresarios para informarles sobre nuestros planes y acciones, y escuchar sus puntos de vista. Tanto él como otros empresarios aceptaron y la primera reunión la celebramos en sus oficinas de Azteca. Sin embargo, en esa ocasión y en Palacio Nacional, poco después, como les consta a todos los miembros de ese consejo, les dije que éramos buenos amigos, que les agradecía su apoyo, pero de manera respetuosa les comenté que no podría hacerles ningún favor especial y menos algo de carácter ilegal, pues uno de los cambios precisamente consistía en acabar con el influyentismo”.
Y el tabasqueño sintetiza que “hasta la mitad de mi mandato, la relación con Ricardo Salinas era, vamos a decir, normal y hasta afable. Sin embargo, la actitud que de repente asumió, aunque me interesa como caso de estudio, no me sorprende. En política suele pasar que, si no hay afinidad en principios o ideales, los amigos son de mentiras y los enemigos o adversarios, de verdad”.
López Obrador aporta otros detalles, pero llega al punto: “El comportamiento de Salinas Pliego está relacionado con la ambición enfermiza por lo material, con la necesidad de fama y poder, estimulada por los paleros que lo rodean y por el vicio adictivo de las redes sociales. Es cierto que se resistía a pagar los 32 mil 133 millones de pesos de impuestos que debía desde administraciones anteriores, pero aunque le dolía mucho, no fue el único; creo que se embelesó con el Internet, se metió en una burbuja y en el autoengaño de los bots y sintió que eso era el arma que, junto con sus televisoras, lo haría un líder controvertido, opositor al gobierno, a nosotros, y ello lo convertiría en la gran figura nacional, una especie de (Javier) Milei”.
Sin embargo, “se equivocó porque México es un país con un pueblo y una historia sin igual; a los mexicanos no les gusta que se ofenda a mujeres por su físico ni a nadie por su preferencia sexual o se digan groserías a diestra y siniestra o se exhiban impunemente la riqueza, las residencias, los yates, helicópteros o aviones de lujo, y menos tratando a los no afortunados como miserables”.
En fin, dice AMLO, “no sé qué le pasó, pero en un abrir y cerrar de ojos este próspero empresario se convirtió en un Riqui Riquín, pero en versión chavorruco, y lo perdimos, pues terminó contratando a puro periodista mercenario y cercado por gente mala, que lo tienen encordado haciéndolo creer que puede, con el Internet y sus televisoras, mantener una campaña de desprestigio contra todo el que se le atraviese en su camino hacia la búsqueda del poder por el poder. Pobre Ricardo (…) seguir alimentando odios y difundiendo calumnias lo llevará a terminar de hundirse en el lodo”.
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